Puede establecerse un paralelismo entre la burbuja financiera y del ladrillo y la economía global. Si en aquella se construía y negociaba pensando en un aumento del beneficio indefinido, en esta nos encontramos inmersos en el sueño de un crecimiento ilimitado. Pensábamos hace nada que podíamos prestar y recibir dinero sin medida, con la ilusión de que lo haríamos multiplicarse en poco tiempo, lo que nos permitiría devolverlo y, al mismo tiempo, ganar más. Y pensamos ahora que podemos seguir aumentando la producción de bienes sin límite, inmersos en la inopia de que también lo que usamos en esa producción no tiene límites. Si la crisis económica viene del sueño tonto de las finanzas, la crisis ecológica (y económica) procede de la vana ilusión de que el planeta nos dará todo lo que queramos.
El parecido no acaba aquí: también los finales de ambos sueños son comparables. No podíamos construir indefinidamente; no podía crecer el precio de la vivienda para siempre; no podían los banqueros incrementar sus beneficios a costa de su ingeniería financiera permanentemente. Y no podremos producir y consumir ilimitadamente, porque casi todo lo que usamos se agotará o está ya a punto de hacerlo.
Parece que nos aproximamos a una combinación de situaciones que, por sinergia, se agravarán mutuamente: el fin de la energía fósil (ya a la vuelta de la esquina, y cuyas fuentes no estamos sustituyendo a suficiente velocidad), el cambio climático con sus consecuencias ya presentes, el constante deterioro de las condiciones de trabajo (no solo en el Sur, sino también en los países ricos), esta misma crisis económica de la que no vemos salida, etc. Todo parece confluir hacia un futuro próximo, tal vez tres o cuatro décadas. Tal vez tengamos entonces la "tormenta perfecta" que alumbrará un mundo nuevo. Y, como en todos los partos, habrá mucho dolor, con un resultado incierto.
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